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CAPÍTULO 4

EL ESTUARIO COMO
ESPACIO VITAL

 

Los estuarios en zonas tropicales están generalmente rodeados de manglares y son gigantescos sistemas que procesan enormes cantidades de materia orgánica que, sumada a las altas temperaturas generadas por la abundante oferta de energía solar, dan lugar a una gran productividad biológica; allí, la disponibilidad de alimento es generalmente muy superior a la del mar abierto y a la de las aguas dulces, una ventaja obvia para que muchos animales prefieran vivir en ellos.

Los estuarios son sistemas rebosantes de vida, aunque tal riqueza biológica se expresa más en cantidad que en variedad. En otras palabras, la diversidad de organismos que vive en los estuarios es ostensiblemente menor que la de los ambientes marinos y la de agua dulce, pero cada especie suele estar representada por una gran cantidad de individuos.

A pesar de que la oferta alimenticia sea muy favorable, la vida en los estuarios presenta una serie de dificultades, principalmente fisiológicas, relacionadas con la variabilidad de las condiciones de humedad, corrientes y salinidad, que deben enfrentar los organismos que allí se desarrollan.

LA VIDA EN EL MANGLAR

La fauna de los manglares incluye organismos de hábitats marinos y terrestres, así como especies residentes y migratorias; la presencia de la mayoría de las especies acuáticas depende de la periodicidad y la amplitud de las mareas y de las fases de sus ciclos vitales.

Las hojas vivas del mangle, como ocurre con la mayoría de las plantas halófitas, no representan un alimento importante para los animales herbívoros, salvo para algunas orugas y otras larvas de insectos y uno que otro oso perezoso, venado o mono aullador de los bosques vecinos, que eventualmente se aventuran dentro del manglar. Por el contrario, las hojas muertas que se acumulan sobre el suelo o en el fondo del estuario, son consumidas directamente por cangrejos violinistas, mangleros y ermitaños, varios moluscos gasterópodos de las familias Neritidae, Cerithiidae y Potamididae; además, las bacterias y hongos que forman una película que recubre la hojarasca, sirven de alimento a larvas de camarones y otros crustáceos.

Las ramas del manglar suelen ser lugar de descanso para varias especies de aves propias de los humedales, como la garza, el pelícano, el cormorán, el martín pescador y los gavilanes, así como para aves de los bosques aledaños y para algunas migratorias. Las garzas y los cormoranes construyen sus nidos en pequeños rodales aislados, para evitar la presencia de depredadores de huevos y polluelos, como ratas, mapaches o zorras mangleras, zarigüeyas o zorros chucho, martejas y boas mangleras.

Del polen de las flores de los mangles blanco y negro se nutren abejas y abejorros que se desempeñan como polinizadores de estas especies, labor que es asumida por colibríes en el caso del mangle piñuelo. Las termitas y hormigas, frecuentes en el manglar, son fuente de alimento para los osos hormigueros y su función es importante en la descomposición de la madera.

Las porciones no sumergidas de los zancos del mangle rojo son el hábitat de cangrejos y caracoles y las sumergidas suelen estar recubiertas por algas, ostras, mejillones, balanos y gusanos poliquetos. En el fango, entre la maraña de raíces, merodean a veces el caimán aguja, la nutria o perro de agua y miríadas de cangrejos violinistas; en suelos consolidados de los manglares del Caribe es muy común el cangrejo azul —del que se obtienen las preciadas muelas de cangrejo— que excava profundas galerías que ayudan a airear las capas subsuperficiales del sustrato. La madera de las raíces sumergidas es perforada por algunos crustáceos y moluscos bivalvos cuya concha ha sido modificada para taladrarla.

Los anfibios son el grupo de vertebrados menos abundante en los manglares, debido a las limitaciones fisiológicas que les impone la salinidad del agua para depositar sus huevos. Sin embargo, el sapo y algunas ranas pueden eventualmente ser hallados en las zonas de manglar menos influenciadas por el agua marina.

Por su productividad biológica y por la enorme importancia que tienen para muchas especies de fauna, muchas áreas de manglar han sido declaradas en todo el mundo como refugios y santuarios de vida silvestre; la conservación de varias especies amenazadas de extinción, incluyendo aves, como los ibis y las garzas, reptiles como el caimán aguja y las tortugas y mamíferos como la nutria y el manatí, dependen en gran medida de la existencia de este ecosistema y de su interacción ecológica con los estuarios.

LA VIDA EN EL MEDIO ANFIBIO

En costas con poca inclinación como las deltaicas y donde el nivel del mar oscila más de un metro debido a las mareas, se forma una amplia franja que durante una parte del día está inundada y durante la otra queda expuesta al aire. El suelo en esta franja es generalmente de color gris o pardo grisáceo, como resultado de la mezcla de arena, limo, partículas de arcilla, restos de conchas de moluscos y materia orgánica de diversa composición, procedentes tanto del mar como de los aportes fluviales.

Este hábitat anfibio, denominado zona intermareal o entre mareas, alberga una sorprendente diversidad de organismos vegetales y animales que enriquecen el suelo con material orgánico y forman parte de una compleja red trófica. El gradiente de humedad que retiene el suelo durante la bajamar y la cantidad de tiempo que permanece sumergido, que es mayor cuanto más abajo se ubica, dictan la composición, cantidad y distribución de los organismos vivos que contiene.

A simple vista, la parte de la zona intermareal emergida parece carecer de vida vegetal, pero con el microscopio se detectan densas capas de diatomeas y otras microalgas que recubren la superficie del suelo. Éstas, que pueden alcanzar densidades de hasta 3 millones por centímetro cuadrado, son muchas veces las principales productoras de alimento en los estuarios de zonas templadas.

De acuerdo con la ubicación en la franja intermareal y con la textura de los sedimentos en el suelo blando, rico en nutrientes, se establece una sorprendente diversidad de organismos: cuando el sustrato es firme, predominan los animales de vida sésil o que se fijan al fondo, como algunos mejillones; otros viven y se mueven reptando sobre la superficie, como muchos caracoles y gusanos, cuyos desplazamientos se evidencian con un tramado de huellas serpenteantes sobre la superficie del lodo durante la bajamar. La gran mayoría de ellos viven enterrados en el suelo o construyendo galerías tubulares y cuevas; muchos moluscos bivalvos —almejas, berberechos, navajas, pianguas y chipi chipis—, gusanos poliquetos y cangrejos han optado por este estilo de vida, aunque también algunos camarones y peces han desarrollado dicha capacidad. Estas especies alcanzan en ocasiones densidades sorprendentes; en el caso de los berberechos, ciertas almejas y gusanos, se han llegado a contar hasta 2.000 individuos por metro cuadrado de fondo lodoso o arenoso. La biomasa o peso de los organismos vivos en el suelo intermareal puede llegar a 500 gramos por metro cuadrado o casi a cinco toneladas por hectárea, cantidad muy superior a la que puede encontrarse en el fondo del mar adyacente.

Los animales sésiles y los que viven enterrados en el suelo de la zona intermareal se alimentan filtrando el plancton y las partículas nutritivas que trae el mar cuando inunda el lugar. Otros suelen vivir semi–enterrados en el lodo durante la pleamar para evitar la turbulencia que los puede arrastrar a otro lugar donde son presa fácil para los peces depredadores; apenas se retiran las aguas, emergen a la superficie del fango para consumir la materia orgánica depositada sobre éste. En la marea alta muchos peces aprovechan para buscar su alimento escarbando el fango o nadando al acecho en busca de algún cangrejo o gusano que no logró escabullirse dentro de sus cuevas antes del inicio de la inundación. Con la marea baja aparecen los depredadores terrestres y aéreos, principalmente las aves playeras y zancudas, como los caracoleros, chorlitos y petreles, generalmente en grupos que recorren la zona escarbando en el fango para extraer sus presas.

CAMBIOS DE SALINIDAD: ADAPTARSE O MORIR

Pese a que las condiciones físicas en los estuarios son tan cambiantes y a menudo muy adversas y a que la cantidad de animales que puede vivir allí es reducida, la disponibilidad y la abundancia de alimentos son generalmente tan favorables, que los estuarios están repletos de vida. Sin embargo, mientras que algunos organismos se adaptan gracias a que son capaces de tolerar las variaciones de salinidad, otros no pueden subsistir en este medio y mueren.

La mayoría de los invertebrados marinos mantienen un equilibrio fisiológico con el medio en que viven, puesto que la concentración de sales en su sangre es igual o similar a la del agua. Su superficie corporal es permeable —deja pasar libremente las sales y el agua— de manera que cuando la salinidad del medio se modifica, mediante el fenómeno de la ósmosis, en igual proporción lo hace la de los fluidos corporales del animal. Sin embargo, esas variaciones no pueden darse más allá de los límites que tienen sus tejidos corporales para tolerar los cambios en las concentraciones de ciertas sustancias que son importantes para su metabolismo; si tales límites se sobrepasan, la salinidad del medio no se reestablece en un tiempo prudencial o el animal por sus propios medios no encuentra masas de agua que reúnan las condiciones adecuadas, el animal se ve afectado. Las especies en las que sus fluidos corporales están a merced del medio se denominan conformistas.

Debido a que el mar abierto es un medio bastante estable en cuanto a la salinidad, los invertebrados que viven allí poseen capacidades muy limitadas para soportar cambios y en caso de que aquella se reduzca, mueren rápidamente; a estos organismos también se les conoce como estenohalinos —del griego estenos, estrecho, y halos, sal—. Los corales y equinodermos, como los erizos y las estrellas de mar, tienen líquidos corporales que se hallan en equilibrio salino con el agua oceánica y sus tejidos no toleran una reducción prolongada de su contenido de sales; por lo tanto, no es de extrañar que tan sólo unas pocas de estas especies puedan vivir en las cambiantes condiciones de los estuarios.

La fauna de los estuarios debe ser capaz de tolerar cambios de salinidad de gran magnitud, a veces de manera brusca, como cuando se presentan las mareas y se mezclan con las aguas de los ríos; por ello se la denomina eurihalina —del griego eurys, ancho, y halos, sal—. Muchos cangrejos pueden resistir reducciones del contenido de sales en sus fluidos corporales cuando el agua en la que permanecen se vuelve prácticamente dulce, puesto que gracias a que disponen de mecanismos bioquímicos y fisiológicos, la concentración de sustancias en su cuerpo cambia a una velocidad menor que la salinidad en el estuario, de manera que casi siempre logran mantener la sal en la sangre por encima de la del agua que los rodea. Es por ello que a estos animales también se los conoce como organismos reguladores.

Para aquellos animales que pasan al menos parte de su vida en los estuarios, la estrategia fisiológica más obvia es la regulación; sin embargo, este es un proceso en el que hay que invertir energía, lo cual implica consumir mayor cantidad de oxígeno y disponer de estructuras morfológicas especializadas. Dado que en los organismos reguladores la concentración de sales en el cuerpo es superior a la que se presenta en el agua estuarina, mediante ósmosis ésta tiende a penetrar constantemente a través de las paredes corporales para tratar de equilibrar las salinidades interna y externa.

En el caso de los cangrejos, la mayor parte de su superficie corporal es acorazada y prácticamente impermeable al agua, lo que contribuye a aislar al animal de su medio, pero no ocurre lo mismo con las delgadas branquias respiratorias, sumamente permeables, puesto que son estructuras cuya función es precisamente la de realizar el intercambio de gases. Entonces, el problema se soluciona excretando el exceso de agua, acción que en los peces y otros organismos ocurre a través de los riñones, pero que en los cangrejos se da mediante un par de glándulas antenales situadas en la cabeza. Puesto que el animal es más salado que el medio, no puede evitar una pérdida de sal debido a la difusión hacia afuera a través de las branquias y de la orina, pero soluciona esta pérdida con células especiales absorbentes de sales que tiene en las branquias, las cuales capturan de forma activa, iones del agua y los incorporan a la sangre, manteniendo así la concentración interna. La capacidad de regulación de casi todos los animales estuarinos es limitada, ya que si las aguas se tornan muy poco saladas o completamente dulces más tiempo del que pueden soportar, el cual es variable para cada especie, la regulación falla y mueren.

A pesar del mayor consumo energético que tienen que realizar los organismos reguladores, la ventaja que obtienen sobre los conformistas, radica en que pueden vivir con éxito en un ambiente costero físicamente inestable, pero en el que el alimento es abundante.

RESIDENTES, VISITANTES, VIAJEROS E INVASORES

En los estuarios, las comunidades de organismos son muy variadas y se presentan de acuerdo con las condiciones hidrológicas del sistema, las cuales dependen de la estación del año, de la localidad dentro del estuario y de sus gradientes de salinidad. De esa manera, en los estuarios pueden encontrarse en un momento dado, además de especies bien adaptadas para la vida en aguas de salinidad variable —eurihalinas—, organismos eminentemente marinos —estenohalinas— y también dulceacuícolas.

Hay organismos que pasan la mayor parte de sus vidas en el fondo del estuario, sin mudar de sitio, o realizan desplazamientos más bien modestos. La severidad de las condiciones ambientales de este hábitat es la responsable de la relativamente baja diversidad de especies en este ámbito; sin embargo, ciertos invertebrados y algunos peces sedentarios son capaces de tolerar los cambios de salinidad y humedad y frecuentemente sus poblaciones son muy altas; almejas, otros bivalvos y gusanos viven enterrados en el sedimento y lo horadan sin esfuerzo, en tanto que algunos caracoles y cangrejos se desplazan sobre éste. Cuando sobrevienen cambios drásticos en las condiciones físicas y químicas del agua, estos organismos no tienen posibilidad de desplazarse y deben soportar el estrés fisiológico; si el medio no se restablece en un tiempo prudencial, como cuando ocurre un cambio hidrológico importante —inundaciones o sequías extremas, cambio en el curso de un distributario, cerramiento del flujo por formación de una barra arenosa— que puede sacar la salinidad del rango de variación habitual, los organismos mueren y la comunidad es remplazada por otra cuyas especies soportan las nuevas características.

De los residentes permanentes de la zona que hay entre las mareas del estuario, sobresalen los cangrejos y las aves zancudas y playeras. En Nueva Zelanda y Australia, se destacan varias especies de cangrejos que construyen túneles en el fango, como Helice crassa y Macrophthalmus hirtipes, que son de tamaño muy pequeño y coloración poco llamativa, pero que pululan en cantidades extraordinarias; en las regiones tropicales y subtropicales, los cangrejos estuarinos más abundantes son los violinistas, que en el Caribe comparten su hábitat con el cangrejo azul. Aunque siempre ocultos en el fango, varias especies de bivalvos intermareales son residentes permanentes y exclusivos de los estuarios: las almejas suelen ser muy abundantes en estos ambientes en casi todo el mundo, pero las especies no siempre son las mismas; en los estuarios no tropicales también son comunes en los fondos arenosos los berberechos y las navajas o machas, así como los mejillones y los ostiones u ostras, en las zonas rocosas. En los trópicos americanos, otras almejas, chipi chipis y pianguas son los bivalvos más característicos en los lodos, mientras que las ostras y pequeños mejillones utilizan cualquier sustrato duro para adherirse, incluyendo las raíces adventicias de los mangles.

A diferencia de la fauna sedentaria y sésil, la mayoría de los peces son capaces de desplazarse activamente por el medio en que habitan y casi todos los del estuario son de origen marino, pues muy pocos dulceacuícolas se aventuran en una zona tan variable. No todas las especies marinas toleran la baja salinidad, por lo que se registra una disminución progresiva del número de ellas a medida que se avanza por el estuario, debido a que en el ambiente variable de éste, la distribución de la salinidad va cambiando con relación a los puntos fijos de tierra firme; de ese modo, la salinidad proporciona a los peces una especie de sistema de coordenadas que les permite orientarse en sus incursiones. Con la penetración del mar en forma de cuña en los estuarios estratificados, ingresan peces que ocupan la capa de fondo donde el agua es más salobre; unas pocas especies toleran aguas de salinidades bajas y se mantienen en un delgado estrato, a veces de menos de un metro de espesor, en el remate de la cuña salina, en el confín entre el río y el estuario.

Ciertos peces marinos, entre ellos algunos tiburones, corvinas y lisas, consiguen de algún modo burlar los severos efectos de los cambios de salinidad e incursionan río arriba hasta cientos y miles de kilómetros. El tiburón toro, por ejemplo, es un reconocido aficionado a remontar el curso de los ríos; su presencia es habitual en el Lago de Managua, Nicaragua, a donde llega tras remontar desde el Caribe las aguas del río San Juan; también su presencia ha sido documentada en el río Amazonas a la altura de Leticia, Colombia, a más de 3.000 km de su desembocadura en el Atlántico.
El fenómeno de la migración generalmente se relaciona con movimientos periódicos en los ciclos biológicos de los animales, que se deben tal vez a la reproducción, a la búsqueda de alimento o refugio, o a la utilización de algún recurso. Entre los que frecuentan los estuarios, los peces y las aves son los que tienen mayores comportamientos migratorios.

Los peces que pasan la mayor parte de su vida en el mar, pero entran a aguas dulces para reproducirse, como los salmones, se denominan anádromos; por el contrario, los que pasan su vida en el agua dulce y migran al mar para desovar, como las anguilas, se llaman catádromos. Las direcciones opuestas de estas migraciones tienen su explicación aparentemente en la disponibilidad de alimento; puesto que en las regiones templadas y frías del mundo, los mares son por lo general más productivos que los ríos, allí predominan las especies anádromas, mientras que en los trópicos, donde los grandes ríos que drenan las regiones selváticas suelen ser más productivos que los mares, son más comunes las especies catádromas. El sábalo es una de las especies tropicales más conocidas por este tipo de migraciones, puesto que se reproduce en el mar a cierta distancia de la costa y sus larvas planctónicas y juveniles permanecen allí, para luego adentrarse en los estuarios y remontar los ríos; algunos individuos permanecen en ellos la mayor parte de su vida y salen al mar solamente para reproducirse, otros se mantienen en el estuario y hacen incursiones esporádicas río arriba o mar afuera. Esta especie habitaba originalmente las costas del Atlántico y del Caribe; sin embargo, por su capacidad de vivir en aguas dulces, pudo atravesar el istmo centroamericano a través del Canal de Panamá y hoy en día se encuentra también en las costas y estuarios del Pacífico de Costa Rica, Panamá y Colombia.

Las lisas y lebranches, especies tropicales que realizan migraciones entre el océano y los estuarios, permanecen la mayor parte de su vida en aguas costeras estuarinas y salen al mar para reproducirse; después de cumplir sus primeras etapas de desarrollo en aguas abiertas, los juveniles emprenden su migración hacia el estuario a lo largo de las costas, formando grandes cardúmenes que son aprovechados por barracudas, atunes, tiburones, delfines y otros depredadores. Los róbalos y algunos meros, por el contrario, ingresan a los estuarios para reproducirse; sus larvas y juveniles encuentran refugio y alimento entre los zancos sumergidos del mangle, hasta que alcanzan una determinada talla para adentrarse en el mar.

Las especies migratorias, que entran y salen de los estuarios, cumplen un papel ecológico muy importante, puesto que trasladan, importan y exportan biomasa y energía entre unos ecosistemas y otros y contribuyen así a la regulación energética del sistema estuarino.

Algunas especies entre las que figuran las corvinas y los arenques no realizan migraciones y cumplen todo su ciclo vital dentro del estuario. En estos peces, la energía alimentaria ganada gracias la productividad de los estuarios, debe superar las pérdidas energéticas derivadas de su adaptación fisiológica a las condiciones cambiantes y compensar la mortalidad que les impone la vida en el estuario. Los huevos de varios peces estuarinos residentes, aunque pueden flotar, permanecen en la capa de agua que está en contacto con el fondo, incapaces de atravesar la barrera de densidad que forma la diferencia de salinidad entre el agua del fondo y la superior; de esta manera se facilita la retención de los huevos y las larvas en el estuario y se evita su transporte al sistema costero adyacente.

Las aves zancudas y playeras son un grupo que resulta particularmente beneficiado de la alta productividad de los estuarios. Muchas son residentes permanentes, como garzas y cormoranes, pero otras, como algunos chorlitos, playeros, gaviotas, gaviotines y patos, son migratorias que utilizan la oferta alimenticia de los estuarios durante sus largas travesías entre sus lugares de reproducción, generalmente en latitudes templadas durante el verano y las regiones tropicales, donde además de evitar los fríos inviernos se congregan por miles.

En las últimas décadas se ha visto un incremento cada vez más acelerado de especies que nunca antes fueron observadas en ciertos estuarios y paulatina o repentinamente han aparecido allí y rápidamente se propagan y se convierten en organismos dominantes. Se trata de especies conocidas como exóticas, es decir, que no son propias de una determinada región y que fueron llevadas a estuarios lejanos del lugar de origen, generalmente con propósitos de acuicultura, como ostras, mejillones y camarones.

La continua comunicación entre áreas remotas mediante barcos mercantes que atracan en los puertos de todo el mundo, ha llevado al intercambio de variadas especies, tanto animales como vegetales. Un buen número de puertos está localizado en estuarios y en estos viven organismos que tienen una elevada capacidad para resistir los cambios ambientales; es por esto que muchos invertebrados sésiles que se adhieren a los cascos de las embarcaciones, al ser transportados a miles de kilómetros de su lugar de origen, pueden encontrar nuevos hábitats donde desarrollarse. También pueden hacerlo larvas y juveniles de peces entre el agua de lastre almacenada en los enormes tanques de los grandes barcos que portan escasa carga. La entrada incontrolada de especies exóticas a los estuarios produce diferentes efectos sobre la fauna y flora nativas y sobre el equilibrio del propio ecosistema.

Las interacciones ecológicas entre especies nativas y exóticas, que pueden ser directas, como depredación, parasitismo, competencia y mutualismo, o indirectas como alteración en las condiciones del hábitat, pueden causar cambios en las poblaciones de las especies nativas y en caso extremo producir su erradicación o extinción. Algunas exóticas logran reproducirse en el nuevo ambiente, de tal manera que se convierten en plagas, por lo que se las denomina también invasoras.

Los organismos exóticos presentan diferencias en su éxito invasor: algunos no sobreviven al viaje, otros al llegar al nuevo ecosistema no consiguen establecerse, fundamentalmente por falta de espacio, de alimento, por competencia con las especies nativas, o por las limitaciones que les imponen los factores ambientales, como la temperatura; en ocasiones se naturalizan y mantienen unos niveles poblacionales que no interfieren sobre el ecosistema, o bien desarrollan su ciclo de vida y posteriormente desaparecen sin dejar descendencia. Sin embargo, ciertos individuos, cuando llegan al nuevo ecosistema pueden originar una invasión biológica, generalmente porque se ven liberados de las presiones locales de su área de origen, como depredadores, enfermedades u otras especies competidoras; esto hace que sus poblaciones experimenten un crecimiento exponencial y lleguen a ocupar grandes extensiones y a atentar contra la integridad de los ecosistemas naturales que invaden. La llegada de organismos invasores también puede ocasionar perjuicios directos al ser humano, como afectar las pesquerías locales, alterar los sistemas de drenaje de los estuarios y así dificultar la navegación o traer consigo enfermedades que afectan al hombre.

Existen múltiples ejemplos de invasiones biológicas que han causado profundas transformaciones en los ecosistemas locales. En la Bahía de San Francisco, en la costa occidental de Estados Unidos, se han contabilizado más de 200 especies de invasores marinos, incluyendo el cangrejo verde europeo que fue introducido en 1989 y desde entonces se ha expandido a casi todo lo largo de las costas del Pacífico de Norteamérica. El estuario de Chesapeake, en la costa oriental de Estados Unidos, se encuentra invadido por el caracol de rapa, proveniente del Japón, que está acabando con las almejas y las ostras. La tilapia, originaria de África, ha sido introducida para la acuicultura en muchos países del trópico americano; algunos de sus individuos, liberados de los estanques de cultivo, dieron origen a invasiones en muchos ríos, estuarios y lagunas costeras, como la Ciénaga Grande de Santa Marta, donde han desplazado a las lisas, mojarras, róbalos y otras especies tradicionales, en volúmenes de captura, según estadísticas pesqueras. El camarón blanco y el camarón azul, originarios de las costas del Pacífico de Centroamérica, Colombia y Ecuador, ha sido introducido a muchas regiones del mundo para su cultivo. Estas especies se encuentran libres en muchos estuarios, incluyendo los del Caribe.

Entre los vegetales también existen ejemplos bien documentados de especies invasoras en los estuarios. Spartina densiflora, una gramínea originaria de las marismas del sur de Suramérica, invadió varios estuarios del sur de España y Portugal, donde ha desplazado la flora nativa. Igual ocurre con Spartina alterniflora, nativa de las costas del Atlántico, que ahora ocupa miles de hectáreas alrededor de la Bahía de Willapa, en el Estado de Washington, en la costa del Pacífico. La planta acuática vallisneria del Japón, probablemente introducida accidentalmente con las ostras japonesas, se ha vuelto muy abundante en las marismas del Pacífico del noroccidente de Norteamérica.

LOS VIVEROS DEL MAR

Muchos animales marinos utilizan los estuarios como lugares de desove y viveros donde las crías, durante sus primeras semanas de vida, aprovechan la abundancia de alimentos. Otras especies que no penetran al estuario para desovar, como las barracudas o los pargos, lo hacen en el mar cerca de la entrada a los estuarios, de tal manera que sus huevos ingresan a éstos arrastrados por las corrientes de la marea y allí se desarrollan, protegidos de los depredadores marinos, hasta una determinada fase de su ciclo vital durante la marea baja, una vez son capaces de eludir las arremetidas de los depredadores y ya preadultos, salen a completar su ciclo en el mar.

Un ejemplo bien conocido de la importancia de los estuarios tropicales como áreas de desove y como vivero, lo ilustra el caso del róbalo del Caribe. Los adultos ingresan al estuario para depositar sus huevos y una vez éstos eclosionan, los alevinos se nutren de su saco vitelino por unos días, para luego iniciar una difícil fase en sus vidas, puesto que pasan a integrar los cardúmenes de minúsculas criaturas que se desplazan a merced de las corrientes —el plancton— donde se alimentan de otros organismos planctónicos. Su vulnerabilidad es altísima ya que la mayoría de ellos también son depredados por otras especies. Ya como pequeño juvenil, refugiado entre las raíces de los mangles, el róbalo desarrolla sus instintos de depredador capturando cada día presas de mayor tamaño, mientras su masa muscular aumenta, lo que le permite evadir otros peligros potenciales; en esta fase, aventurarse a la zona descubierta más allá de la maraña de raíces encierra un peligro mortal pues allí acechan los grandes depredadores, incluyendo adultos de su misma especie. Cuando el róbalo adquiere un tamaño que supera los 30 centímetros, inicia una vida de mayor libertad moviéndose por los canales del estuario hasta que finalmente sale al mar. Aproximadamente a los dos años, cuando adquiere la madurez sexual, el róbalo regresa al estuario para reunirse con otros individuos y desovar.

Al menos tres cuartas partes de los peces costeros —muchos de importancia comercial—, utilizan los estuarios, las lagunas costeras o sus áreas de influencia en algún momento de su vida. Se estima que aproximadamente el 98% de los recursos pesqueros comerciales del golfo de México dependen de los estuarios, es decir, su reproducción, etapa juvenil, alimentación, migración o refugio tienen lugar en estos ambientes

 
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