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CAPÍTULO 5
DIVERSIDAD ÉTNICA
Y CULTURAL
 

Desde el punto de vista étnico y cultural, el Chocó Biogeográfico es una de las regiones más ricas del continente americano. Allí conviven comunidades negras, indígenas y mestizas establecidas durante varios siglos a lo largo de los ríos y en las costas; a través del tiempo han producido diversas manifestaciones culturales y forjado una estrecha relación con el medio natural, que se manifiesta en un complejo sistema de creencias, valores y prácticas de propiedad colectiva, de gobierno y de autoridad, así como de formas y mecanismos de tenencia, uso y conservación de los recursos. El patrón actual de ocupación humana, que en buena parte muestra una relación con el gradiente altitudinal, se refleja en la diversidad de modos de vida. En términos demográficos, los afrodescendientes representan actualmente más del 90% de la población del Chocó Biogeográfico colombiano, alrededor de 1’500.000 personas, mientras que los indígenas, mestizos y blancos componen el 10% restante. Cerca del 40% de la población habita en los seis mayores centros urbanos —Buenaventura, Quibdó, Tumaco, Turbo, Guapi, Itsmina— y el resto en pequeños poblados.

LOS PRIMEROS POBLADORES

Las investigaciones arqueológicas sugieren que la primera ocupación humana del territorio colombiano ocurrió hacia finales del Pleistoceno, hace unos 14.000 a 12.000 años. En ese período, los bosques continuos que se extendían desde el sur de México hasta Ecuador, fueron ocupados progresivamente desde el norte del continente. La primera presencia humana en las costas del Pacífico ocurrió probablemente en el Paleoindio —10.000 a 7.000 años antes del presente—, cuando incursiones de avanzada, de los pobladores asentados en las costas centroamericanas, llegaron en busca de alimentos; así lo sugieren las puntas de proyectil, pertenecientes a lanzas y otras herramientas de cacería, halladas en la costa del golfo de Urabá. También hay evidencias arqueológicas de asentamientos más permanentes, provenientes del alto río Baudó, de la ensenada de Utría y del golfo de Tribugá, los cuales, según el arqueólogo Gerardo Reichel–Dolmatoff, parecen tener alguna relación con culturas de la costa Caribe, como Momil, Ciénaga de Oro y Alto Sinú.

Los petroglifos con figuras zoomorfas hallados en la Isla Gorgona, son una evidencia de la presencia humana en esa isla en el siglo XIII a.C, mucho antes del establecimiento y apogeo de la cultura Tumaco–La Cholita, que se estableció entre los siglos IV a.C. y I d.C. a lo largo de la costa bordeada por manglares, entre las inmediaciones de Guapi y el norte de Ecuador. Esta cultura fundamentaba su economía en la pesca, pero la recolección de moluscos y frutos y la cacería parecen haber sido también actividades importantes. Conchas de moluscos provenientes de la costa del Pacífico han sido halladas en las partes altas de la región andina de Ecuador y Perú, lo que sugiere un comercio activo entre los pueblos de la zona costera y la región andina.

En las zonas deltaicas de los ríos San Juan y Calima se han encontrado restos vegetales; maíz, papaya, chontaduro, asociados a utensilios de cerámica y esqueletos de animales como peces, micos, armadillos, tortugas y paujiles, que indican un uso múltiple y extensivo del espacio natural a partir del siglo II a.C.

Los primeros pueblos que se asentaron en el Chocó Biogeográfico provenían de Centroamérica y pertenecían a la etnia Cueva, a cuya lengua pertenecen los topónimos Darién y Anayansi; luego fueron absorbidos por los Tules, los hijos del sol, mal llamados Kunas, que también dejaron su legado lingüístico en una serie de topónimos de la parte norte de la región, tales como Arusí, Joví, Nuquí y Telembí.

El origen de la nación de los chocoes, nombre genérico al que pertenecen las etnias Embera, Epera–Sapidara, Chamí, Katío y Waunana es un tanto confuso, aunque se afirma que emigraron desde la cuenca amazónica y atravesaron el Nudo de Los Pastos para llegar a la vertiente del Pacífico, lo que ocurrió aproximadamente unos tres siglos antes de la llegada de los europeos; posteriormente se expandieron hacia el norte por la costa, incursionaron por los valles de los ríos San Juan, Baudó y Atrato, se adentraron en territorio panameño y alcanzaron a colonizar la parte alta del río Sinú, en el norte.

Al arribo de los conquistadores europeos, los Chocoes estaban distribuidos de manera dispersa a lo largo de la costa y de las riberas de los principales ríos de la parte media y norte de la región; durante la conquista y en tiempos coloniales, los Embera libraron una guerra contra los Tules y los obligaron a retirarse hacia el norte y establecerse en el litoral del Caribe, concretamente en el golfo de Urabá y en el archipiélago de San Blas.

LOS PUEBLOS INDÍGENAS

La población indígena actual en el Chocó Biogeográfico colombiano se estima en unos 65.000 individuos, que pertenecen a ocho etnias y se distribuyen en 218 comunidades y 117 resguardos que abarcan una extensión de 1’250.000 hectáreas.

La familia lingüística Chocó conforma una gran nación indígena de alrededor de 58.000 individuos, de los cuales, aproximadamente 40.000 habitan en el Chocó Biogeográfico. Su distribución es irregular y segregada según dialectos, diferencias fonológicas y algunas variaciones culturales. El grupo más numeroso —unos 20.000 individuos— lo constituyen los Embera que están asentados en las cuencas de los ríos Atrato y Baudó y la zona costera del Pacífico en el norte de la región. Los denominados Embera–Katío viven en la zona montañosa del extremo norte del Chocó Biogeográfico; los Embera–Chamí en la parte alta del río San Juan y más al sur, en las riberas del río Calima; los Embera del alto Andágueda viven dispersos en las partes altas de la cordillera Occidental, cerca de los límites del Chocó con los departamentos de Antioquia y Risaralda; los Eperara–Sapidara, el grupo más sureño de la familia Embera, tiene sus principales asentamientos en las zonas medias y bajas de los ríos Saija en el departamento del Cauca y Satinga y Saquianga, en el departamento de Nariño. Los Embera propiamente dichos de las zonas bajas, denominan a los otros grupos que habitan las estribaciones cordilleranas como Eyábida, gente de la montaña.

En general, los Embera, que vivían anteriormente en tambos circulares en las riberas de los ríos, actualmente habitan construcciones rectangulares o circulares construidas sobre pilotes y agrupadas en pequeños poblados ribereños. La economía de los embera se basa en el cultivo de maíz, caña de azúcar, yuca, arroz, fríjol, plátano, chontaduro, piña, borojó y otras frutas y se complementa con la caza, la pesca, la alfarería, la cestería y la construcción de canoas. Conservan gran parte de sus tradiciones, especialmente la historia oral y las celebraciones rituales; una figura destacada de esta cultura es la del jaibaná, personaje que, además de ejercer la autoridad, el control social y el manejo territorial, se desempeña como curandero y hace uso de plantas alucinógenas para comunicarse con los espíritus. La «ombligada» es un rito que se le practica en luna llena a los recién nacidos, aplicando una serie de preparados vegetales sobre su vientre, con el fin de dotarlos de destrezas para la caza, la pesca y la navegación.

Los Waunana o Noanama, también de la familia lingüística Chocó, son un grupo con dialecto relativamente uniforme muy emparentado con el Embera; tienen una población aproximada de 6.500 personas y en su mayoría ocupan la zona que habitaban en tiempos de la conquista española, en el medio y bajo río San Juan, aunque también existen algunos asentamientos en la provincia panameña de Darién y otros en el bajo Atrato, producto de migraciones relativamente recientes. Las familias Waunana suelen ser muy numerosas y los niños participan en las actividades colectivas; su estilo de vida y sus costumbres son similares a las de los Embera, en estrecha relación con los recursos del bosque y del río y mantienen relaciones e intercambios comerciales con las comunidades negras. La artesanía, principalmente cestería y talla en madera, es una de las mayores riquezas de esta etnia; los cestos, elaborados a partir de las hojas jóvenes de la palma wérregue, que son sometidas a un dispendioso proceso que involucra su cosecha, secado, hilado, coloración con pigmentos vegetales y tejido, gozan de gran reputación en el mercado mundial de artesanías étnicas. Las canoas de los Waunana se consideran entre las más elaboradas de las embarcaciones indígenas.

En la zona norte de la región, Emberas y Waunanas están organizados políticamente desde hace varias décadas en una estructura de cabildos mayores y menores, en el seno de la Organización Regional Embera–Waunana–Orewa.

En la estribaciones occidentales de la cordillera, en el sur de la región —departamento de Nariño y norte de Ecuador— habita la etnia Awa o Cuaiker, perteneciente a la familia lingüística Barbacoa, compuesta por unas 35.000 personas, 12.000 de las cuales están en territorio colombiano. Se distribuyen en una amplia zona, principalmente en la franja altitudinal comprendida entre 500 y 1.500 msnm, donde han adoptado costumbres campesinas; mantienen cultivos de maíz, yuca y plátano, entre otros, y practican la caza en las zonas altas de la cordillera. La elaboración y el consumo de bebidas fermentadas, como el guarapo y la chicha, son una costumbre arraigada en esta etnia y muy útil para contrarrestar la continua transpiración y la pérdida de líquidos debido a la elevada humedad y a la alta temperatura que caracteriza su territorio.

La etnia Tule o Kuna, perteneciente a la familia lingüística Chibcha, está integrada por unas 48.000 personas que habitan actualmente las costas caribeñas del Chocó Biogeográfico en el golfo de Urabá y la región del Darién, principalmente en el archipiélago panameño de San Blas, su «territorio madre», donde se denominan Makilakuntiwala. En Colombia, donde habitan alrededor de mil personas, sus asentamientos se localizan en resguardos en la zona de Arquía, departamento del Chocó y en el municipio de Necoclí, departamento de Antioquia, donde reciben el nombre de Ipkikuntiwala. Los Tule consideran el cerro Tacarcuna como el sitio original de procedencia, desde donde se dispersaron hacia la región del Darién y las islas de San Blas.

Los asentamientos tienen amplias construcciones rectangulares dispuestas linealmente a lado y lado de la ribera fluvial o sobre la línea de costa. Cada vivienda es capaz de albergar hasta 40 personas de varias familias. La familia, como unidad social básica es muy extensa y matrilocal y está integrada por la pareja, sus hijos e hijas solteros, sus hijos e hijas casados, los esposos de éstas y la descendencia. La principal actividad económica de la etnia se concentra en la horticultura -—plátano, yuca, fríjol, caña de azúcar, ñame, cacao, malanga y maíz—, complementada con actividades de pesca, caza y recolección de frutos. Lo más emblemático de la cultura Tule es la mola, una pieza textil cuadrangular cosida con la técnica del aplique invertido sobre telas superpuestas de diferentes colores, que resalta diseños zoomorfos o abstractos y es adherida a la parte frontal de la blusa que compone la vestimenta de la mujer; por su valor decorativo, la mola ha conquistado exitosamente el mercado artesanal.

EL COMERCIO DE ESCLAVOS

Transcurridas las primeras décadas de ocupación española y como consecuencia del maltrato y de las enfermedades europeas, la mayoría de los pueblos indígenas «amistosos» sufrieron una drástica merma en el tamaño de sus poblaciones, mientras que los «belicosos» que ofrecían resistencia, se retiraron a lugares poco accesibles para los conquistadores; esto, sumado a la enérgica desaprobación de la iglesia al empleo de fuerza laboral indígena en las minas, hizo que los españoles recurrieran al trabajo de los esclavos africanos. No obstante, el carácter hostil de los Chocoes impidió la explotación de los ricos yacimientos auríferos hallados en la segunda mitad del siglo XVI en el río Tamaná y en los cursos altos y medios de otros ríos de la vertiente cordillerana del Pacífico, lo que obligó a los españoles a emprender primero una ardua tarea de pacificación que se extendió por algo más de un siglo.

Aunque la llegada de los primeros esclavos de África al nuevo continente había sido bastante temprana, su arribo masivo al Chocó Biogeográfico ocurrió sólo a finales del siglo XVII. Los esclavos provenientes en su mayoría de las costas de Guinea y del Congo, entraron por el puerto caribeño de Cartagena de Indias, centro oficial de mercado de esclavos de la Nueva Granada y fueron llevados por tierra a través de la cordillera hasta Popayán, donde eran revendidos a los empresarios y capataces de los nuevos centros mineros de Nóvita, Iscuandé, Raposo, Barbacoas y Timbiquí. Pronto surgió el contrabando de esclavos desde Panamá, por el río Atrato y a lo largo de la costa del Pacífico, para suministrar una mayor cantidad de mano de obra a los campamentos mineros situados en las zonas altas de los ríos Atrato y San Juan; esto obligó a la expedición de una Cédula Real que prohibía el tránsito por el Atrato y cerraba el puerto de Charambirá, en las bocas del río San Juan, que se había convertido en un importante centro de comercio ilegal de esclavos. Hacia 1790 llegó al máximo la población esclava en los centros mineros —alrededor de 6.000 individuos—; luego declinó gradualmente a medida que una creciente proporción de ellos compraba su emancipación o escapaba, hasta que finalmente en 1852 entró en vigencia la Ley que daba libertad a los esclavos.

Antes de la abolición de la esclavitud ya se había iniciado la expansión territorial de los afrodescendientes por las tierras bajas del Chocó Biogeográfico. Algunos cimarrones escapados en 1780 de las minas del alto Atrato, se asentaron en la zona del actual Darién panameño. A finales del siglo XVIII, esclavos libres y cimarrones migraron hacia la costa del Pacífico y formaron los actuales poblados de Cupica y Juradó, mientras que otros se establecieron en las riberas del río Baudó. Entre 1816 y 1851, a raíz de las numerosas rebeliones alentadas por las proclamaciones de independencia, muchos esclavos huyeron de las minas río abajo y se refugiaron a lo largo de las playas y en las zonas de manglar de la costa del Pacífico. Sin embargo, el mayor éxodo de los centros mineros ocurrió en la segunda mitad del siglo XIX, cuando, ya libres, algunos migraron hacia el interior del país y se asentaron como agricultores en los valles de los ríos Cauca y Magdalena, mientras que otros siguieron el curso de los grandes ríos de la vertiente del Pacífico y se establecieron en las vegas que ofrecían tierras con mayor potencial agrícola, a la vez que los indígenas se retiraban voluntariamente hacia las cabeceras y sus tributarios. Fue así como se crearon los fundamentos de ciudades y poblaciones como Quibdó, Docampadó y Virudó. Otros se asentaron en las mejores playas de la costa o en las tierras agrícolas detrás de la franja de manglares y formaron enclaves de pescadores–agricultores, como Guapi, Nabugá y Nuquí.

LA POBLACIÓN AFRODESCENDIENTE

Actualmente, cerca del 60% de la población negra en el Chocó Biogeográfico vive en comunidades rurales, mientras que el resto lo hace en las principales áreas urbanas de la región: Buenaventura, Quibdó, Tumaco, Turbo y Guapi.

Gran parte de la identidad y de los rasgos culturales de los afrodescendientes que pueblan actualmente el Chocó Biogeográfico, han sido condicionados por los acontecimientos derivados de la esclavitud: los esclavos difícilmente podían formar una familia, pues sus integrantes podían ser transferidos a otro lugar o vendidos; a pesar de ello, crearon una estrategia según la cual todos se reconocían entre sí como familia sanguínea, a través del bautismo, el compadrazgo y el comadrazgo, los hermanos de pila, de uñas y de leche, los recomendados y los recogidos. Gabriel García Márquez exaltó la fortaleza de los lazos familiares en esta región, cuando afirmó que pretender desmembrar el Chocó, equivaldría a desintegrar una familia de 120.000 parientes.

Después de la abolición de la esclavitud se estableció un tipo de familia poligámica extensa, que resultó ser una estrategia eficaz para el dominio territorial de las planicies selváticas de las tierras bajas y de la zona costera, aspecto que sigue vigente en las comunidades rurales apartadas: un varón toma varias esposas, todas ellas con igual jerarquía, cada una de ellas se establece en un lugar distinto y allí se especializa en cultivar ciertos productos; el esposo la visita regularmente y le suministra los bienes que no se producen en ese lugar. La consanguinidad uterina es, por lo tanto, la más importante y la que determina socialmente el linaje; en tal sentido, los primos se asumen hermanos y la parentela, con obligatoriedad de solidaridad, se reconoce en algunos casos, hasta el sexto o séptimo grado de consanguinidad.

Las familias suelen renovar y fortalecer las relaciones de parentesco en espacios rituales como los velorios, los bautizos, las fiestas patronales y las labores con cambio de mano y, por lo tanto, cuando fallece un miembro de la familia, generalmente no se le da sepultura mientras no están presentes todos los parientes. Una de las características de las familias afrodescendientes del Chocó Biogeográfico son los lazos territoriales y las afinidades que existen entre las comunidades rurales asentadas en una playa, en las riberas de un mismo río o en un estuario. Para las que habitan las riberas fluviales, al igual que para los indígenas, los ríos son la vía de transporte, mientras que para los de la zona costera lo son las playas, los esteros y el mar; para estos últimos, el ritmo de las mareas prima sobre el tiempo horario y es el que determina la planificación cotidiana de los desplazamientos, el transporte y las actividades de pesca.

Las comunidades rurales negras han adoptado en los sistemas de producción tradicionales, muchas de las prácticas indígenas, que dependen en gran medida de la oferta ambiental. Por lo general, los sistemas productivos, basados en la agricultura, la pesca o la recolección de mariscos, están orientados al mantenimiento de la unidad de producción doméstica. La elevada precipitación hace que, en lugar del sistema tradicional de «roza y quema», que se practica ampliamente en otras regiones de Colombia para adecuar espacios para la agricultura, en las zonas bajas del Chocó Biogeográfico se utilice el sistema de «tapao, roza y pudre», que combina diversos cultivos en asociaciones, usualmente en estratos y mosaicos, los cuales, a los ojos del visitante parecen desordenados y descuidados, pero que en realidad son muy eficientes y funcionales para las condiciones locales.

La pesca se practica de acuerdo con los ciclos biológicos de las diferentes especies y a ella se dedican de manera especializada algunos sectores de la población, principalmente de aquellas comunidades asentadas en la costa. La extracción de mariscos es igualmente una práctica ancestral muy frecuente, como lo demuestran los concheros o acumulaciones de conchas de moluscos encontrados por los arqueólogos en muchos lugares de la costa. La cosecha de mariscos abarca una variedad de especies que habitan el manglar: jaibas, camarones, ostras, almejas, pianguas, caracoles, así como las que viven en el litoral rocoso —gasterópodos de las familias Neritidae, Trochidae y Turbinidae, denominados localmente churulejas— y en las playas, como las almejas llamadas cholgas; es una actividad generalmente reservada a las mujeres y a los niños. Las piangüeras, mujeres dedicadas a la recolección de pianguas y piaquiles, abandonan en grupos las aldeas, a veces acompañadas por sus hijos, y cuando la marea está bajando se adentran en los manglares de los estuarios en sus canoas, llamadas localmente potrillos o chingos; en pequeños grupos realizan la cosecha escarbando en el lodo del manglar, mientras entonan cantos propios de la labor y luego, cuando la marea comienza a subir, regresan a la aldea para desconchar los moluscos. En la mitad sur de la región, por lo general, una parte de la cosecha de piangua es vendida a intermediarios que la comercializan en las ciudades costeras o en Ecuador.

La extracción de madera genera algunos ingresos importantes y se realiza según las necesidades. La caza de animales del «monte» se practica frecuentemente para cubrir las necesidades nutricionales de proteína, pero desempeña también un importante papel socio-cultural: un buen cazador es altamente reconocido y apreciado en la comunidad como dueño de conocimiento y fuente de enseñanza de la tradición oral y del manejo del entorno natural. En las riberas de los ríos de las zonas auríferas, aún se practica el barequeo, método tradicional para la extracción de oro y platino.

Los afrodescendientes del Chocó Biogeográfico conservan remanentes de diversas formas de la cultura material y espiritual de las regiones africanas de origen, a veces mezclados con elementos indígenas y españoles y adaptaciones muy propias. Las expresiones de auténtica reminiscencia africana suelen ser explosivas y alegres, pero otras manifiestan un profundo sentimiento de tristeza que se evidencia en la música a través de sonidos y voces emitidos a manera de queja y que muestran la tragedia de la esclavitud en las minas y en las plantaciones. En las danzas, los cantos y los ritmos, así como en los cuentos, las supersticiones y la medicina popular, abundan expresiones de gran agudeza intelectual, a través de las cuales se quejan de la cruel dominación a la que fueron sometidos en el pasado y la critican. Los principales instrumentos musicales son de percusión: la marimba, las guasá o sonajeros de guadua, los tambores conunos hembra y macho, el bombo y el redoblante. El currulao, el patacoré, la juga, el bunde, el chugualo, el berejú, el maquerule, el caracumbé y el aguabajo son algunos de los aires musicales folclóricos con raíces africanas más comunes en la región. Los alabaos, característicos de los velorios, las salves y en especial las alabanzas a los santos patronos, son herencia de la dominación hispánica.

Mediante la Ley 70 de 1993 se reconocieron los derechos sobre su territorio y se estableció la titularidad colectiva para las comunidades negras en el Chocó Biogeográfico colombiano. Con ello, no sólo se garantiza el derecho que estas comunidades tradicionales han tenido sobre el territorio y la libertad de vivir de conformidad con sus propias normas y costumbres, sino que se crean condiciones propicias para la conservación del entorno natural. Regidos por consejos comunitarios que ejercen la autoridad política local, los afrodescendientes del Chocó Biogeográfico colombiano pueden ejercer los derechos y las responsabilidades de sus territorios y ser dueños de sus propias decisiones. No obstante, subsisten aún muchas áreas por titular, en las que confluyen intereses interétnicos o se dan conflictos de gobernabilidad jurídica, como es el caso de las superposiciones territoriales que involucran resguardos indígenas, parques nacionales naturales, territorios colectivos y espacios dados en concesión por el Estado a terceros.

BLANCOS Y MESTIZOS

La riqueza de recursos y oportunidades del Chocó Biogeográfico ha sido, desde hace mucho tiempo, un gran atractivo; en el siglo XVIII los escoceses intentaron establecer una colonia llamada Nueva Caledonia e Inglaterra creó consulados al margen de la Corona española en las zonas mineras. Familias de procedencia árabe se establecieron a finales del siglo XIX en Quibdó y Andagoya; los yacimientos de platino y oro atrajeron oleadas de británicos y norteamericanos y las playas al norte de Tumaco y la zona deltaica de los ríos Sanquianga, Patía y Guapi vieron llegar alemanes, franceses e italianos. Los descendientes de estos colonos, hoy ya mulatos, habitan aldeas pesqueras y agrícolas tales como El Charco, La Vigía, Amarales y San Juan de la Costa.

Debido en gran parte a problemas relacionados con la tenencia de tierra en cada una de sus regiones, a desplazamientos forzados por situaciones de violencia y a la generación de empleo en las grandes empresas agrícolas establecidas en la zona de Urabá, desde mediados del siglo XX han arribado en oleadas, a las zonas selváticas relativamente deshabitadas del Chocó Biogeográfico o a los territorios (reservas) de grupos étnicos, colonos campesinos provenientes de la región andina. Simultáneamente y en especial a partir de 1970, la parte norte y media de la región ha visto llegar comerciantes y pequeños empresarios, en su mayoría provenientes de Antioquia y Valle, que han establecido sus negocios —tiendas de mercancía, ferreterías, hoteles— en poblados y ciudades como Buenaventura, Dagua, Istmina, Bahía Solano, Nuquí, Tumaco, Guapi, Apartadó, Turbo, Capurganá y Necoclí. En particular Buenaventura por su condición de puerto pesquero y mercante, que moviliza más del 40% de la carga de importaciones nacionales y está comunicada por carretera con el interior del país, ha experimentado un crecimiento poblacional vertiginoso y desordenado, a partir de mediados del siglo XX; una buena parte de estos inmigrantes son mestizos y blancos de otras regiones de Colombia. Aunque la población negra predomina, alrededor del 20% de los casi 330.000 habitantes que tiene actualmente Buenaventura son mestizos y blancos.

La colonización proveniente de otras regiones es por lo general portadora de una racionalidad económica y productiva distinta a la de las estrategias culturales que se desarrollaron tradicionalmente en la región. La potrerización de las zonas selváticas, las prácticas agrícolas inapropiadas y la concentración de la propiedad, entre otras, no sólo han generado conflictos de tenencia y también culturales con los grupos étnicos tradicionales, sino que han favorecido la destrucción de los bosques, la degradación de los suelos y la pérdida de biodiversidad.

El Chocó Biogeográfico colombiano conserva todavía en lo fundamental el patrón de poblamiento disperso, configurado por los asentamientos de la época colonial, el cual obedecía a las formas y sistemas de uso de los recursos y a las disponibilidades de comunicación ligadas al litoral y a la red fluvial. No obstante, la región ha venido experimentando en los últimos tiempos un notorio proceso de incremento y redistribución espacial de su población. A mediados del siglo XX, la población urbana constaba de menos de 100.000 individuos, 35.000 de los cuales habitaban en Buenaventura, menos de 13.000 en Tumaco y 10.000 en Quibdó. El resto de la población se distribuía principalmente en aldeas y caseríos de 100 a 1.000 habitantes.

 
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