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CAPÍTULO 1

COSTAS Y LITORALES

 

La zona costera, diversa, compleja, dinámica y de anchura variable, que bordea los continentes, los mares interiores y los grandes lagos marinos, corresponde a una franja de convergencia y transición entre la tierra firme y el espacio oceánico adyacente; está compuesta por un mosaico de subregiones que poseen características propias, en las cuales se desarrollan con gran intensidad los procesos geológicos, biológicos, humanos y el uso del suelo, que afectan directamente la ecología del medio oceánico y la del continental.

El litoral es el punto de encuentro entre los dominios terrestres y los marinos; es una estrecha franja que además de estar enriquecida por estos dos elementos, desarrolla formas de vida únicas y singulares. Más que una frontera es, en muchos aspectos, una clave ecológica y fisiográfica fundamental para descifrar los procesos de desarrollo de los seres vivos sobre el planeta.

Estos dos elementos —océano y tierra— están vinculados a la historia del planeta, puesto que dan testimonio de la forma como se ha repartido el espacio vital; son el punto de unión donde se han llevado a cabo los procesos de interacción entre los fondos marinos y su dinámica ecológica, con el clima, la geomorfología y la hidrología continental, lo cual ha dado como resultado un mosaico de ambientes como plataformas continentales, marismas, estuarios, playas, dunas, acantilados, ramblas, lagunas intermareales, aluviones, aguas interiores y ciénagas, entre muchos otros, caracterizados por su alta productividad primaria, que genera eslabones importantes en la cadena trófica, especialmente en lo que se refiere a la producción de energía para los organismos vivientes.

Aunque las costas y los litorales son dos conceptos diferentes desde el punto de vista de sus características —el litoral está dentro de la franja costera—, muchas veces se asumen como sinónimos.

MODELAMIENTO DE LAS COSTAS

Son muchos los elementos y procesos que intervienen en el modelamiento de las costas, pero las entrantes y salientes o la sinuosidad de un litoral sobre la línea de interacción mar–tierra, dependen fundamentalmente de la composición y estructura del suelo continental y de la acción del agua oceánica o marítima en períodos de tiempo definidos. Esta interacción es un evento persistente, en el que la energía que actúa proviene en gran parte del movimiento del agua producido por las mareas, por las olas formadas por el viento y en menor proporción por tsunamis o marejadas, producto de temblores y sismos oceánicos.

En términos generales, las costas se pueden clasificar en dos grandes conjuntos: emergentes y sumergentes, lo cual depende de que el nivel del mar haya bajado o subido en relación con la masa terrestre. Los rasgos principales de cada costa son atribuibles a la erosión, a los depósitos de origen glacial, a los depósitos de otros materiales y a la acción del agua.

La refracción o el cambio de dirección de las olas y las corrientes costeras son elementos vitales en el proceso de erosión. Aunque la mayoría de las olas avanza oblicuamente hacia la costa, la influencia del fondo del mar tiende a redireccionarlas, hasta que se acercan a ella casi de frente; cuando una ola rompe, no toda la energía se consume en erosionarla; una cierta cantidad del agua empujada hacia adelante se desvía y se mueve paralelamente a la franja costera. Parte de la energía del movimiento del agua se gasta en la fricción a lo largo del fondo y parte se emplea en el transporte del material; la refracción también ayuda a explicar por qué en una costa irregular, la mayor parte de la energía se concentra sobre las puntas o las salientes y en menor proporción a lo largo de las bahías.

El perfil del litoral cambia continuamente; durante las grandes tormentas la resaca puede batir en forma directa contra el acantilado, erosionándolo hacia atrás y raspando al mismo tiempo los depósitos de la playa. Cuando la tormenta y en consecuencia la energía disponible se calman, se forman nuevos depósitos en el litoral, frente al acantilado. El material que las olas quitan de las puntas o promontorios y los depósitos que arrastran los ríos desde las zonas interiores, generalmente tienen volúmenes que compensan las alteraciones que se presentan en las costas. Así, el perfil de la costa, en un momento dado, no es más que la expresión de la energía actuante, por lo cual varía cuando la energía cambia.

La forma de la franja costera-litoral en todos los cuerpos continentales e insulares existentes en el mundo, no sólo está relacionada con la interacción océano-tierra, sino también con la acción del hombre que, con la construcción de espolones, diques y barreras artificiales ha modificado su aspecto original. A lo largo de los 595.814 km de litoral con que cuenta el planeta, más de la mitad de la población mundial —aproximadamente 3.700 millones— vive a menos de 100 km de las costas, que son áreas utilizadas para la pesca, la acuicultura, la extracción de minerales, el desarrollo industrial, la producción de energía, el turismo y también para la acumulación de residuos. Se estima que esta franja geográfica es la responsable de por lo menos el 30% del desarrollo económico, productivo y social del orbe y que para el año 2040, se ubicará allí el 80% de la población mundial, de acuerdo con las proyecciones realizadas durante la Cumbre de Río de Janeiro en 1992.

MORFOLOGÍA DE LAS COSTAS

La dinámica de la interacción entre el mar y la tierra es muy compleja, puesto que su relación continua y diversa, asegura no sólo el equilibrio entre los dos frentes, sino también la sucesión de procesos vitales para una gran cantidad de organismos que viven exclusivamente en esta franja. Los litorales y las costas están íntimamente relacionados con la morfología oceánica, la geomorfología de los continentes y quizás con todas las fuerzas que alrededor del planeta intervienen en el equilibrio entre los grandes cuerpos de agua y las masas continentales.

La morfología de las costas depende, entre otros muchos factores, de la tectónica de placas —choque entre las placas continentales y oceánicas— y de ciertos procesos geomorfológicos y climáticos que han generado accidentes costeros como rías, fiordos, islas de barrera y lagoon, arenas de playas estabilizadas, llanuras de marea, deltas, arrecifes y acantilados.

Las costas son de ría, cuando un valle fluvial queda inundado por el mar; se conocen también como costas de inmersión, debido a que su configuración tiene que ver con procesos de compensación tectoisostática —fuerzas de equilibrio que generan las capas terrestres cuando chocan entre sí—, como se ve en algunas áreas de la costa Irlandesa y en Pontevedra, España. Las de fiordo son similares a las anteriores, pero poseen una notable canalización de aguas marinas que penetran por valles glaciares; se conocen también como costas de emersión por compensación glacioisostática, es decir, cuando el peso de las lenguas glaciares dejaron expuestas las capas terrestres, tal como ocurre en las costas de Noruega.

Son de isla barrera y lagoon, cuando la línea de ribera se antepone a un recinto acuoso o humedal amplio, cerrado o semicerrado por una barrera o alineación arenosa de acreción marina, como se ve a gran escala en las costas mexicanas, en las albuferas de Túnez —lagunas junto al mar— o en la isla de Salamanca en Colombia. Son arenosas o de playas estabilizadas, cuando la línea de ribera y la de costa coinciden y se convierten en una franja mixta emergida–sumergida, de perfil tendido hacia el mar, que produce movilización continua de material y deja en la zona terrestre abundantes formas dunares, como las que se observan en algunas costas de Andalucía, España y en la Alta Guajira en Colombia.

Las de llanura de marea son costas con fisionomía muy plana y grandes áreas de zona intermareal; se relacionan a veces con humedales y con una abundante cobertura vegetal circundante y se identifican por el carácter mixto de sus aguas —continentales y marítimas—, tal como ocurre en algunas costas del Mar del Norte, La Florida, Tierra de Fuego y en el Chocó, en Colombia. Las de delta son costas con abundantes aguas continentales, que al invadir el dominio marino dan lugar a un paisaje de abanico o estructura cónica, como los deltas del Amazonas, del Orinoco o la desembocadura del Nilo.

Las costas arrecifales son consideradas biogénicas —derivadas de la actividad de organismos vivos— y emergen a la superficie formando barreras que en algunos casos constituyen atolones —barreras anulares—, como los que se aprecian en las islas del Pacífico Central o en el archipiélago de San Andrés y Providencia en el Caribe colombiano.

Las costas de acantilados o tectónicas suelen crearse por una actividad endógena reciente —tectónica o volcánica— y se consideran escarpes o escalonamientos abruptos hacia el mar, que cambian permanentemente debido a la acción directa de las aguas marinas, razón por la cual se denominan también costas vivas; algunas veces estos escarpes pueden quedar abandonados tras una playa o rasa marina, cuando el nivel del mar se retira de una región o cuando los escarpes quedan expuestos por encima del nivel del mar, tal como ocurrió en Barú, en el Caribe colombiano y en algunos frentes de costa en islas de tipo coralino.

ECOSISTEMAS DE LA ZONA COSTERA Y LITORAL

En la costa y el litoral hay una gran variedad de ecosistemas que se caracterizan por su singularidad ecológica, su extrema fragilidad y por ofrecer una multitud de recursos aprovechables. En la plataforma continental se encuentran algunos de los medios con mayor productividad biológica del planeta, que son asiento de complejas y abundantes redes tróficas o conjuntos de eslabones que forman parte de cadenas alimentarias, a través de las cuales se transmite la energía.

Los ecosistemas acuáticos más productivos son aquellos en los que se registran altas concentraciones de nutrientes que sostienen una elevada producción primaria —algas bentónicas, fitoplancton— y secundaria —zooplancton y animales fitófagos en general—; estas condiciones se presentan en la plataforma continental y en las marismas y los estuarios.

En la costa y el litoral influyen variables que originan una gran diversidad de formas de vida, como el clima, la geología y geomorfología de las costas, la hidrología continental, la profundidad de los fondos marinos y la dinámica marina —olas, corrientes y mareas—. Todo ello da lugar a diferentes unidades ambientales como playas y dunas, marismas y estuarios, acantilados y plataformas continentales.

PLAYAS Y DUNAS

Las formaciones arenosas como las playas y las dunas son dos de los ambientes costeros más característicos. Los principales factores que condicionan su formación son: la acción erosiva del mar, la calidad de los materiales que en ellas se acumulan —más finos o más gruesos—, las características de las corrientes, mareas y olas y el régimen de vientos.

Las playas tienen un límite espacial y temporal, puesto que se trata de sistemas muy dinámicos que abarcan desde la superficie afectada por las olas, hasta la parte sumergida donde incide el oleaje; la dinámica de las corrientes, del viento y de la energía de las mareas y las olas, hace variar su forma y su tamaño.

Los sistemas dunares son resultado de la acumulación de materiales finos y sueltos transportados por los vientos dominantes, que se ubican en una ancha zona que bordea la línea de máxima marea y que puede extenderse hasta los 10 km hacia el interior. Son también sistemas muy dinámicos y frágiles, que en su ciclo de avance hacia el interior van degradándose en su morfología ondulada hasta dar lugar a formaciones de arenales costeros. Según su grado de estabilidad y evolución se clasifican en dunas móviles o vivas, dunas rampantes que aprovechan un relieve para ascender, dunas fijas, cuando han sido colonizadas por vegetación que ha frenado su movimiento y dunas fósiles, cuando quedan sólo como formaciones superficiales del relieve.

Las dunas desempeñan una función clave en la costa puesto que absorben las fuerzas del mar, protegen las zonas interiores y sirven de reserva de arena a las playas. Además, constituyen importantes acuiferos subterráneos debido a la porosidad y permeabilidad de sus materiales y desarrollan en su seno una variada vida animal y vegetal, con especies adaptadas al ambiente marino y a las difíciles condiciones del sustrato arenoso.

MARISMAS Y ESTUARIOS

Otra unidad ambiental, constituida por marismas y estuarios, se define como zona de contacto entre aguas continentales y marinas. Son los lugares donde se alcanza la mayor productividad del ecosistema costero, debido a la confluencia de una serie de factores como escasa profundidad, presencia de luz, semiconfinamiento, mezcla de aguas dulce y salada y circulación constante de las aguas impulsadas por la energía mareal; se constituyen en la base alimenticia de los organismos vivos del medio marino al concentrar la mayor cantidad de nutrientes. Por su diversidad paisajística y por la cantidad de hábitats diferentes, se pueden distinguir tres grandes zonas en marismas y estuarios: la de fondos con fangos y arenas siempre sumergidos, la zona intermareal y la zona supramareal.

Como los ríos aportan la mayor cantidad de sedimento que llega al océano, uno de los factores de mayor incidencia en el volumen de éste, es la lluvia, que regula el caudal de los ríos y erosiona los suelos que generan el material transportado —gran-des ríos arrastran una cantidad mayor de sedimento—; en el trópico, la diferencia de caudal entre la época de sequía y la de invierno es notoria.

El sedimento arrastrado hacia el mar no es distribuido de manera uniforme; la mayoría de las partículas arrastradas por el río se asientan al llegar al final del recorrido del agua dulce y su entrada al mar depende en gran medida de la morfología del estuario, de las corrientes marinas y del oleaje. El flujo de materiales por el estuario determinará la cantidad de sedimentos aportados a la plataforma continental adyacente. Los materiales se localizan delante de las costas bajas y presentan diferencias según las modalidades de generación de partículas y las condiciones del medio que los acoge.

ACANTILADOS

Algunos de los ambientes producidos por la acción del agua marina en la costa son los acantilados; al moldearlos, las olas que los golpean directamente, utilizan la mayor parte de su energía en erosionar el terreno; dicha acción empuja de modo constante el cantil cortado por las olas hacia atrás, lo que produce a su pie una terraza o plataforma; en un acantilado, las olas pueden formar cavidades o cavernas marinas. Si la erosión corta a través de una punta —saliente de costa— origina un arco marino y si su cúspide se cae posteriormente, es posible que conforme un farallón. Los ejemplos más conocidos en el mundo son los de las costas bálticas y las del norte de Europa —Escocia, Noruega, Gran Bretaña y Francia—.

PLATAFORMA CONTINENTAL

La plataforma continental es la prolongación del continente sumergida en el océano, dentro de la cual hay un cambio de pendiente que recibe el nombre de talud continental. Su función básica es la conservación de recursos vivos —concentra el 90% de las especies de peces—, cuya abundancia de formas de vida está en directa relación con la poca profundidad, la presencia de luz y la acumulación de nutrientes. Es también una franja rica en recursos minerales: magnesio, potasio, boro y hierro entre otros y en rocas sedimentarias de importancia industrial o energética como petróleo, gas, sulfuro y fosfatos.

ZONIFICACIÓN DE LA FRANJA COSTERA

De acuerdo con la legislación internacional, la franja costera se ha dividido en costa afuera, lugar de transición y tierra adentro.

En la zona de costa afuera, se encuentran las aguas interiores; es decir, las que están dentro de los límites sobre los cuales un Estado ejerce derechos de soberanía absoluta; el mar territorial se extiende más allá de las aguas interiores, hasta una anchura de 12 millas náuticas o 22 km, para la gran mayoría de los países; la plataforma continental es el área que va desde la línea de más baja marea hasta donde existe un pronunciado aumento de pendiente marina; este sitio se conoce con el nombre de margen continental o isóbata y por lo general llega hasta donde se presentan los 200 m de profundidad.

La costa de transición está compuesta por la línea de costa o línea de base normal, que es el límite entre agua y tierra para el momento de más baja marea, o el contorno terrestre para la aplicación del ámbito político marítimo en cada uno de los países con costas; los terrenos de bajamar son los que se encuentran cubiertos por la máxima marea y quedan al descubierto cuando ésta baja, por lo que se pueden definir como zona intermareal; la playa marítima, conocida como la zona de material no consolidado, se extiende hacia tierra desde la más baja marea hasta el lugar donde se encuentra marcado el cambio de material o hasta donde se inicia la línea de vegetación permanente; por lo general es el límite efectivo de las olas de temporal; las lagunas costeras consideradas como la depresión de la zona costera por debajo del promedio mayor de las mareas más altas, tienen una comunicación permanente o efímera con el mar, pero están protegidas de éste por algún tipo de barrera. Dichas lagunas se diferencian de los estuarios —también parte integrante de las zonas de transición— únicamente por el carácter geomorfológico, ya que desde el punto de vista ecológico constituyen unidades muy similares; el término laguna es aplicado a las depresiones marinas marginales que están protegidas del mar por una barrera, mientras que el estuario es considerado comúnmente como la boca de un río, donde se forma un cuerpo de agua extenso y semicerrado, con una conexión libre con el mar, dentro de la cual el agua marina se diluye en el agua dulce que proviene del drenaje terrestre; sin embargo, las características y funciones ecológicas de los dos son muy parecidas.

Existe un elemento especialmente importante en la zona de transición: el litoral propiamente dicho. Éste es una parte de la zona de transición de la costa y se define como la franja delimitada en su parte superior por el nivel máximo de pleamar y va hasta los 200 m de profundidad. Se subdivide en un área de mesolitoral que comprende la parte que sólo está sumergida durante la pleamar, cuya extensión depende de la variación del nivel del agua con las mareas y la pendiente del suelo; el supralitoral que comprende la parte inmediatamente superior a la orilla de la más alta marea, pero bajo la acción directa del oleaje y el infralitoral donde las aguas siempre se encuentran por encima y por lo tanto está sumergido y sometido al trabajo continuo del oleaje. El litoral hace parte de aquella franja de playas sumergidas y no sumergidas que están bajo la acción de las aguas marinas delimitadas por la vegetación terrestre.

El ambiente costero de tierra adentro está constituido por ecosistemas que siempre se encuentran emergidos, como costas, playones, playas fluviales, playones desecados artificialmente, playones comunales y aluviones. Desde el punto de vista de los aspectos ecológicos y naturales, se incluyen los asociados a la costa, que tienen particularidades específicas de acuerdo con las características propias de cada región geográfica o natural del planeta, como manglares, bosques y dunas, entre otros.

FORMAS COSTERAS

La morfología de las costas depende de la interrelación entre los macro componentes del globo terráqueo —desde la atmósfera hasta la litosfera y la biosfera—; en términos generales, estas formas pueden ser: golfos, bahías, ensenadas, islas, cayos, islotes, archipiélagos, deltas, penínsulas y cabos, entre otras.

Todos los procesos que se llevan a cabo en la interface tierra-océano son activos, interactuantes y dinámicos. La forma de las costas y los litorales no es aislada ni caprichosa; obedece a complejas variables entre el modelado de los continentes y los procesos dinámicos que se desarrollan en ellos y los igualmente complejos del océano, además de los nuevos procesos que resultan de la interrelación de los dos.

El análisis geomorfológico puede distinguir diversas situaciones que explican la relación entre el relieve y la forma. Unas responden a acciones morfogenéticas presentes y evolucionan con ellas —formas vivas o funcionales—; otras, en cambio, están estabilizadas y tienden a desaparecer bajo la acción de los procesos actuales —formas heredadas o relictas—. Son éstas las que nos proporcionan información sobre la historia del relieve y las condiciones bioclimáticas existentes cuando se formaron; las podemos considerar como parte fundamental de la geomorfología histórica. La importancia relativa de los paleomodelados o procesos antiguos de modelamiento de la línea costera y de los modelados actuales varía mucho de acuerdo con la región.

LA EVOLUCIÓN ACTUAL DE LAS COSTAS Y LOS LITORALES

El último ascenso importante del mar tuvo lugar hace muy poco tiempo —entre 4.000 y 2.000 años—; se considera que hace sólo 2.000 años el nivel del mar se estabilizó en su nivel máximo actual, lo que explica la existencia de sitios que muestran la sumersión de los relieves continentales con formas que inician el modelado, como las rías y los fiordos; en regiones cuyas condiciones son favorables, las formas están más evolucionadas y tienden a una regularización. En la actualidad estamos entrando, por razones diferentes, a una nueva época de aumento del nivel del mar; prueba de esto es la abundancia de depósitos continentales en la misma línea de costa.

La erosión marina tiende a suprimir las irregularidades de la costa, como los cabos y a rellenar los golfos; tras una regularización, la costa retrocedería de manera uniforme, formando una plataforma de abrasión continua, que llegaría sólo hasta el lugar donde la fuerza de las olas fuera nula. Debido a la estabilización reciente del nivel del mar, esta situación de abrasión permanente continúa en ciertas costas de rocas blandas y mares agitados, como los del norte de Europa y de América. La tendencia a este proceso de aparente equilibrio se orienta en la dirección de simplificación, que en principio, es la del oleaje dominante, pero al ser éste localmente cambiante, se orienta en la dirección de las corrientes y de los vientos que las generan; en caso de que no coincida la trayectoria de las olas con la de los vientos, la simplificación es la que genera el vector intermedio.

Cuando la acción marina se ejerce sobre rocas que presentan diferente resistencia a la erosión, comienza un proceso de irregularización de la línea de costa. Las irregularidades tienen sus mejores condiciones en las costas contrapuestas —aquellas que se encuentran frente a frente—, donde los depósitos sedimentarios ofrecen menos resistencia que la roca del litoral; esta situación es frecuente en litorales glaciares, cuyos abundantes depósitos sedimentarios han fosilizado la línea de costa primitiva y han emergido los suelos continentales, que han quedado expuestos a una erosión rápida. Un caso particular y contrario es el de las costas de modelado glaciar que hoy se encuentran en regiones subpolares, gracias al ascenso del nivel glacial —glacioisostático—; se trata de costas emergidas no afectadas por la erosión marina, que debido a la interrupción del aporte de clastos, forman costas siempre jóvenes con el perfil definido por las formas iniciales.

FORMACIÓN DE LOS LITORALES

La mayoría de los restos de formas heredadas de antiguas costas que hoy conocemos, no se remontan más allá del Plioceno —hace 15 millones de años—, puesto que el litoral es uno de los ámbitos más activos de erosión y acumulación. Desde esta época, el trazado general de las costas ha variado muy poco; más por las variaciones del nivel del mar —transgresiones y regresiones marinas— que por cambios sustanciales en el litoral. Aunque es muy difícil determinar su edad, la mayoría de las formas heredadas, bien conservadas, son del Cuaternario —entre 5 millones de años y el momento actual—, pues se trata de formas que han quedado fuera del alcance de la erosión marina; desde que nuestro continente inició la deriva continental, 100 millones de años atrás, han sido muchas las modificaciones que ha tenido su litoral, hasta el punto de que sólo los macromodelados de la costa oriental de Suramérica se mantienen coherentes en el encaje con parte de la costa occidental de África, particularmente las formaciones del Escudo Brasileño y el Escudo Guyanés, por ser estructuras no sólo muy antiguas, sino principalmente de tipo ígneo y por lo tanto suficientemente duras como para resistir los embates del tiempo.

La mayoría de los litorales mantienen vestigios de líneas costeras heredadas; en todas las costas del mundo se aprecian terrazas marinas situadas detrás de la línea costera y ligeramente elevadas. No siempre es fácil identificarlas, pues no basta medir la pendiente y la uniformidad, sino que es necesario identificar las huellas del modelado de las plataformas de abrasión litoral, así como la existencia de acantilados muertos, que en algunos casos pueden estar enterrados por depósitos continentales y suelen estar retocados por los procesos morfogenéticos actuales; sin embargo, aún se pueden observar grutas y muescas que indican el nivel alcanzado por la marea. Los depósitos típicamente marinos y de animales marinos también ayudan a identificar las antiguas líneas costeras.

Es posible observar estas herencias en costas con rocas sedimentarias y compactas. Es típico el caso de las costas en las que el litoral más viejo presenta renovación y desgaste por los procesos de ablación, especialmente los causados por el hielo de los glaciales en proceso de fusión. Estos depósitos suelen ser de carácter continental, lo que implica una regresión de la línea de costa que ha permitido la acumulación de depósitos continentales y posteriormente una transgresión que ha vuelto a exhumar la línea costera. También las rasas o los fondos de valles escarpados, son el resultado de antiguas líneas costeras que se constituyen en plataformas de ablación, moldeadas por la acción de grandes masas de hielo, que han quedado elevadas sobre el nivel del mar actual; su retoque final se debe a procesos morfogenéticos continentales recientes.

Otra de las formas heredadas es la generada por los depósitos o materiales de acumulación; estas han tenido pésimas condiciones de conservación en la gran mayoría de los casos, aunque es posible observar cordones fosilizados de arena y guijarros que indican la posición de viejas playas, los cuales suelen estar muy por encima del nivel de las mareas más altas; no hay que confundirlas con las crestas de playa modernas, dejadas por las pleamares durante las tormentas, puesto que se trata de playas fosilizadas, en las que predominan gravas y cantos.

Es más difícil interpretar cuáles son los niveles marinos a los que corresponden las terrazas fluviales prehistóricas que aparecen en los estuarios.

Antiguas formaciones producidas por la actividad biológica, muestran huellas de líneas de costa fosilizadas en los mares cálidos. Colonias calcáreas parecidas al coral, revelan arcaicas zonas de ruptura de las olas y de crestas de estructuras biogénicas, justo en el nivel de anteriores bajamares.

Gracias al estudio estratigráfico realizado en varios lugares del mundo, a través de perforaciones geológicas, tenemos una valiosa información acerca de los procesos de acumulación en litorales actuales que han tenido una compleja formación. En ellas se encuentran depósitos de origen marino y continental que dan testimonio de diferentes procesos morfogenéticos y de diversos niveles marinos. Este estudio es particularmente interesante en los deltas que han sido estables durante todo el Cuaternario y en ocasiones durante la última parte del Terciario —entre los 10 millones de años y el momento actual—.

Los depósitos de dunas en el litoral han tenido una formación por etapas y en sus acumulaciones se observan las características de cada época; en las dunas interiores más viejas aparecen conchas, suelo de turba y zonas endurecidas de gres, que en medios templados pueden ser observados con concreciones de hierro o con materia orgánica. También los arrecifes coralinos se han formado por etapas; estos edificios muestran niveles sucesivos de construcciones biológicas y depósitos arenosos en los que han predominado los procesos de ablación; se pueden encontrar arrecifes coralinos por encima del nivel del mar actual —corales fósiles y expuestos—, testigos de épocas del Pleistoceno, hace 3 y 4 millones de años, cuando el nivel del mar estuvo más alto que en la actualidad.

La interpretación de las herencias costeras depende, en parte, del análisis de la morfología litoral y espacial de las costas; en tal sentido, las terrazas marinas y fluviales, además de las formas y los depósitos heredados, confirman la existencia de numerosos cambios del nivel medio del mar a lo largo del Cuaternario, así como la deformación de los continentes.

CAMBIOS EN EL NIVEL MARINO

Los cambios y variaciones en el nivel del mar están determinados por un fenómeno que conocemos con el nombre de eustatismo. El nivel eustático a lo largo de la historia ha variado debido a tres grandes fenómenos: los movimientos tectónicos, la sedimentación y el clima.

El eustatismo diastrófico es aquel que, sin variar la cantidad global de agua, cambia el nivel del fondo oceánico debido a la acumulación de depósitos —espirogénesis— o a la forma de las cuencas oceánicas —tectogénesis—. La acumulación de sedimentos no es causa para provocar un descenso en el nivel del mar, pero su acumulación puede comprimir los fondos marinos y eventualmente iniciar fenómenos de subsidencia de las placas continentales debajo del océano.

Se llama glacioeustatismo el fenómeno que explica el ascenso y descenso del nivel del mar durante las distintas glaciaciones del Cuaternario. La acumulación del agua en grandes inlandsis —masas de hielo compactado— provocó un descenso global del nivel de las aguas del mar y su fusión durante los períodos interglaciares, su ascenso; la última gran transgresión tuvo lugar tras la desaparición del inlandsis escandinavo y canadiense durante el período conocido como Flandriense —hace 300 años—. Debido a este fenómeno, desde los años treinta, del siglo XX, se viene observando un ascenso continuo del mar de 1,2 milímetros al año, y una fusión progresiva de los inlandsis. Las terrazas marinas y fluviales marcan el ritmo de las transgresiones y regresiones. Aunque las variaciones intermedias de menor amplitud y menos persistentes, sólo permiten crear terrazas en las partes bajas, la existencia de depósitos periglaciares sumergidos en la plataforma continental, indica que el ascenso del mar, tras la última glaciación, ha sido de unos 100 m aproximadamente, con lo cual las modificaciones en el contorno y el delineamiento de las costas y los litorales es evidente.

MODIFICACIONES EN LA LÍNEA COSTERA DE LOS CONTINENTES

Entre las muchas causas que pueden modificar la línea costera continental e insular, se encuentra el desplazamiento de las placas tectónicas que causan terremotos y volcanes. Diversas mediciones de precisión comprueban que la mayor parte del desequilibrio ocasionado por esos movimientos tiende a ser contrarrestado, lo cual explica el levantamiento de algunas playas, así como la flexión continental; este fenómeno también ha generado transgresiones y regresiones marinas.

Los desequilibrios isostáticos, aquellos que se efectúan en el interior de la corteza terrestre, pueden ser provocados por la erosión de un continente, cuyos materiales se depositan en una placa tectónica diferente, descargando así, sobre la otra placa, parte de su peso, fenómeno conocido también como descarga detrítica de los continentes. También las capas de la corteza pueden quedar expuestas, debido al desplazamiento de un glacial, hecho que evidencian las huellas dejadas en algunas playas por la fricción del hielo.

En el momento de la desaparición de un gran inlandsis, el nivel local del mar puede aumentar a un ritmo de 6 m año. Dicha desaparición implica dos fenómenos contrapuestos: el ascenso del nivel global del mar y el ascenso del continente que es más rápido que la transgresión marina correspondiente, ya que el agua debe dispersarse por todo el globo y el ascenso continental perdura tras la desaparición total del hielo. Sin embargo, en un primer momento, la transgresión marina predomina sobre el ascenso glacioisostático.

GOLFOS Y BAHÍAS

Si se trazara una línea paralela al eje costero, se podría ver que muchos de los accidentes y formas geográficas de la estructura terrestre son salientes del perfil medio —cabos y penínsulas—; por el contrario, existen formaciones que se adentran en mayor o menor porción sobre el eje costero —golfos, bahías, ensenadas, estuarios y radas—.

Los golfos se consideran una porción de mar, de gran extensión, que se interna en el litoral entre dos cabos. Cuando su extensión es menor se denomina bahía. Ésta, a su vez, es una entrada de mar en la costa, de extensión considerable y fondo apropiado para la entrada de grandes embarcaciones y tiene mayor tamaño que una ensenada o una caleta, pero siempre es inferior a un golfo.

Según la Convención Internacional del Derecho del Mar, bahía es toda escotadura bien determinada, cuya penetración tierra adentro, en relación con la anchura de la boca es tal, que contiene aguas cercadas por las costas y constituye algo más que una simple inflexión de ésta. Sin embargo, la escotadura no se considera una bahía, si su superficie no es igual o superior a la de un semicírculo que tenga por diámetro la boca de dicha entrada.

En concordancia con lo anterior, hay una serie de relaciones muy estrechas entre golfo, bahía y ensenada, tanto que algunas, catalogadas dentro de las dos últimas, podrían estar incluidas entre los golfos más grandes del planeta; lo que es claro es que se trata de entradas de mar en la costa.

Los ríos también determinan las formas costeras. Los estuarios corresponden a golfos profundos formados por las desembocaduras de los más grandes; tienen forma de embudo y permiten el ingreso del mar durante las mareas altas. En el sur de Chile y en otras partes del mundo son sinónimos de fiordo. Los deltas corresponden a desembocaduras que se ramifican de forma triangular, dejando zonas de tierra entre los distintos cursos, producto de la acumulación de los sedimentos acarreados por los ríos, como sucede en el delta del río Nilo.

En términos costeros, uno de los accidentes geográficos y morfológicos del litoral, que tiene mayor importancia por contener otros accidentes, es el golfo, que en algunos casos incorpora estuarios, deltas, acantilados, albuferas, y por supuesto, bahías. Estas últimas pueden ser alargadas, en cuyo caso suelen ser profundas y penetran tierra adentro en forma de calas estrechas, o pueden ser dentadas o redondeadas, si aparecen a lo largo de los litorales acantilados, pero especialmente en aquellas áreas costeras donde existen montañas con formas palmeadas.

EL HOMBRE EN LOS GOLFOS Y LAS BAHÍAS

Las franjas costeras de los mares del mundo, desde la orilla hasta es límite de la zona económica exclusiva —12 millas náuticas—, ocupan un área equivalente a un quinto de la superficie oceánica mundial; sin embargo, nuestro conocimiento de los procesos físicos y biológicos que ocurren en esta franja son extremadamente limitados. Con algunas excepciones, los modelos de los procesos físicos que caracterizan las plataformas continentales son primitivos y nuestras posibilidades para predecir los cambios en los recursos vivientes de estas zonas, pese a su alta productividad biológica, son casi inexistentes.

El 65% de las ciudades con poblaciones de más de 2,5 millones está situado en las costas, a menudo en zonas de estuarios o deltas; varios de estos centros de población están al nivel actual del mar o por debajo de éste. En todos los casos, los asentamientos humanos están localizados en función de la geomorfología de la costa y la mayoría resguardados por golfos y bahías.

Se estima que la mayor parte de la tierra productiva que se está cultivando en la actualidad está situada en zonas costeras y de bajo nivel. Por lo tanto, se puede esperar que en el futuro inmediato aumenten las presiones y conflictos resultantes de las diferentes necesidades en el uso del suelo. Esto se complementa con el hecho de que un 85 a 90% de la pesca mundial procede de la zona económica exclusiva y la mayor parte de ella se captura a menos de 9 km de la costa. Entre el 5 y el 10% de la producción mundial total de alimentos procede del medio marino y en los países tropicales y subtropicales la población humana depende de las proteínas procedentes del pescado. Buena parte de los pescadores artesanales del mundo circunscriben su subsistencia, su economía y el radio espacial de acción para su desarrollo, a la franja litoral y de los golfos y las bahías donde se asientan.

Además de su importancia como fuente de recursos alimenticios y de ser apropiadas para los asentamientos humanos, las zonas costeras y en particular los golfos y las bahías, son utilizados para la agricultura, la silvicultura y la piscicultura, así como base para el establecimiento de complejos industriales, comerciales y de transportes y, especialmente para el turismo.

Estas áreas, de gran importancia estratégica para la mayoría de las naciones, requieren una planificación y una administración óptimas para lograr un desarrollo sostenible. El cuidado de los litorales es una tarea compleja, tanto que en muchos países, a los programas de «Gestión integrada de las zonas costeras» se les da un enfoque particular, porque se considera cada costa como una entidad funcional única.

 
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